UNA HISTORIA DE TANTAS
Os voy a contar una historia. Una historia
triste, muy triste. Es la historia de mis abuelos. Os la cuento por rabia, por
impotencia, por dolor y porque se lo debo a mis queridos padres. A ellos les
hubiera gustado escribir la historia de sus padres pero con juntar las letras y
trabajar para sacarme adelante tuvieron bastante. Nunca, nunca, les estaré del
todo agradecido. Muchas veces les dije que les quería, pero os aseguro que me
parecen pocas. Y os la cuento también por mis abuelos y especialmente por mis
abuelas, mujeres valientes, muy valientes. Vaya por delante que no conocí a
ninguno de ellos salvo a mi abuela materna con la conviví hasta su
fallecimiento.
Empezaré por mis abuelos paternos,
Eleuterio y Rosalia. Trabajador, inteligente y apocado, él; trabajadora, viva,
valiente, orgullosa y con mucho carácter, ella. El de Brunete, ella de
Valdemorillo. Eleuterio fue Secretario del Ayuntamiento de Valdemorillo con la
República. No se le conoció jamás afiliación política. No lo era de carrera
como ahora, antes no se hacían así las cosas, lo fue porque sabía contabilidad
y destacaba por encima de los demás, incluido el Alcalde. El, en calidad de
secretario municipal, se sentaba siempre a la derecha del Alcalde hasta que un
día por necesidades del guión se sentó a la izquierda. Ese fue el único motivo,
fijaros bien, el único para que fuera condenado a muerte justo al final de la
vergüenza más grande que ha soportado esta nación en toda su historia. Mi
abuelo condenado a muerte y mi abuela sola con once hijos, hijos de rojos, a los que
se los ponía siempre los últimos en las colas del auxilio social y a los que se
les rapaba el pelo al cero, daba igual si eras chico o chica, si se atrevían a
quejarse. Traslados prácticamente diarios. Pasaban semanas e incluso meses
hasta que mi abuela se enteraba de donde estaba. El panorama era
desolador. Encontró trabajo en casa de un comandante fascista y a través de él,
consiguió que le conmutaran la pena de muerte y le revisarán la condena.
Después de doce años de cárcel, quedo libre, enfermo y triste porque sus hijos le resultaban desconocidos. Murió al poco tiempo. Cuando te pasan estas cosas nunca se muere uno de muerte natural. Mi abuela
nunca le agradeció "de ley", como dicen que decía, al comandante fascista lo que hizo por mi abuelo.
Decía mi padre que mi abuela decía que no lo hizo de corazón, lo hizo para
humillarla, para que supiera que tenía el poder de dar o quitar la vida.
Mis abuelos maternos eran los dos de
Salamanca capital. Se casaron allí y al poco tiempo se vinieron a Madrid.
Alquilaron el piso de Estrecho donde yo nací y viví hasta que me independice.
Él, Pedro, maestro encofrador y encargado de obra; ella, Julia, ama de casa. El
de UGT de toda la vida. Republicano. Estuvo en el frente de Madrid haciendo
fortificaciones. No dio un solo tiro en toda la guerra. Mientras mi abuelo
estaba haciendo fortificaciones, mi abuela, con mi madre de meses en brazos,
regateaba obuses mientras corría hasta el metro para cobijarse de "las pavas negras". Acabó la guerra
y mi abuelo volvió a casa. La alegría duro poco. A las cuatro de la madrugada
de un día de invierno tres matones de falange, partido legal en este país y
que incluso gobierna algunos ayuntamientos, echaron la puerta de la casa abajo
a base de patadas y se lo llevaron detenido. Primero pasó por Gobernación, lo
que luego fue Dirección General de Seguridad, cuyos calabozos tuve el honor de
catar en mis tiempos mozos, y ahora es sede de la Comunidad Autónoma de Madrid.
Palizas y más palizas sin saber por qué. Cuando Pedro preguntó, el chasquido de los dientes y el sabor a sangre le quito las ganas de seguir preguntando. Juicio en tres días, sin abogado, y
condenado a muerte por rojo. Traslado de Carabanchel a Nanclares de Oca, de ahí
a Ocaña y en Ocaña el director lo devolvió a Madrid alegando que no había sitio
ni alimento para él y que no había motivo para ejecutarlo. Vamos que estaban
muy liados. En Carabanchel y a los siete años de aquella detención quedo en
libertad con la garganta enferma de un cáncer provocado por las palizas. Murió el día 10 de enero de 1961, el día siguiente al que yo decidí
ponerme en píe y caminar. Murió contento. Yo tenía trece meses. ¿El delito de mi abuelo?,
negarle, porque no le correspondía, un día de permiso a un subordinado suyo. No le gusto y le
denunció por rojo. Cuando murió Franco, ese genocida que se sacudía los muchos
complejos a base de firmar sentencias de muerte y al que algunos echan de
menos, mi abuela estaba triste. La pregunté por el motivo de su tristeza. “abuela,
Franco ha muerto, deberías estar contenta”, le dije. Ella me miro llorando y me dijo: “No quiero más guerras hijo, no
quiero sufrir más”.
Los dos están enterrados en el cementerio
de la Almudena, en Madrid. Les llevo flores de vez en cuando.
Como os decía al principio, esta es una
historia triste, pero las hay aún más tristes. Como la de aquellos que están enterrados
en las cunetas, en los campos de cualquier parte de España, en la llanura de Brunete, a los pies del Cerro de Buenavista, después de ser fusilados en cualquier tapia de cualquier cementerio, o después de ser literalmente lidiados en plazas de toros, torturados y asesinados por el simple
hecho de… nada.
España sangra por esa herida y no debería hacerlo. Probablemente yo no hubiera escrito estas palabras si la herida estuviera curada. Pero no lo esta. Y no lo estará hasta que alguien se ocupe de cerrarla. No parece importar a nadie, y a los pocos que les importa se les condena y se les aparta.
Cierto es, no lo negaré yo ahora, que
hubo atrocidades por los dos bandos, matizadas, pero atrocidades. Pero no es
menos verdad que los muertos del bando
ganador, del bando que nunca debió ganar, del bando genocida, descansan en paz,
y que muchos, muchísimos de los muertos
del bando perdedor, del bando que nunca debió perder, del bando elegido democráticamente
por los españoles, no lo hacen.
En memoria de Pedro, Julia, Eleuterio y
Rosalía, mis abuelos.
Una historia triste, pero auténtica. La ley de memoria histórica fué un buen intento, del que ya quedan cenizas y los valientes como bien dices que han osado buscar la justicia y la reconciliación, han sido apartados y condenados. En fin, Spain is different, como díría 'aquel' y hay mucho que cambiar todavía.
ResponderEliminarImpresionante,triste y real..
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